Naciendo en casa

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NUESTRO PARTO: Gabriela, Martin y Juana (por Gaby)

 

Y finalizando la Semana Mundial del Parto Respetado…mi relato:

Nunca imaginé que alguna vez iba a tomar la decisión de parir planificadamente en casa. Siempre creí en el parto respetado pero institucionalizado. Principalmente porque soy médica y además ginecóloga y obstetra y como la mayoría con una rígida formación profesional que tuve que deconstruir para empezar a recorrer otro camino.

Conocí mujeres maravillosas, tanto profesionales como pacientes, que me mostraron que había un tipo de atención que rompía con el molde de lo “normal” y en esa línea me dediqué a trabajar. Con el tiempo fui descubriendo que a pesar de formar parte de un gran equipo acompañando a las mujeres en sus embarazos y nacimientos, no siempre hemos podido lograr el tipo de parto esperado, porque la violencia está y existe en la institución, siendo parte del sistema, no solo observada en hechos concretos y consientes sino también apareciendo de manera naturalizada e inconsciente, la más difícil de erradicar, invisible a los ojos de quienes todavía no despertaron…

Creyendo profundamente en que para “cambiar el mundo primero hay que cambiar la forma de nacer”, desde el primer día que supe que algo dentro mío estaba floreciendo supe también con total certeza que nuestra hija nacería en casa con un parto planificado.

Para eso nos preparamos, Martin y yo, desde lo físico y lo emocional, asistiendo a rondas de gestantes, viendo videos, compartiendo literatura, leyendo relatos de parto, comiendo sano, bebiendo nada, de la mano Caro y a través de la suya de la de Ana.

Jamás me atemorizó el dolor que podía llegar a sentir, no lo subestimé, pero estaba convencida de que iba a poder con él. La experiencia más cercana con el dolor la experimenté con un embarazo detenido 2 años atrás, incrementado por la profunda tristeza de la pérdida, que este nuevo embarazo venía a cicatrizar. Llegaba en una etapa de mi vida donde la cronología supuestamente no acompañaba demasiado para los canones habituales, pero ciertamente estaba aconteciendo en el mejor momento de mi vida como mujer consiente, independiente, segura, plena…

Eran las 3.30 del jueves 2 de abril. Cumplía 39 semanas. Me despertó un dolor tipo menstrual y de cintura…la panza me parecía blanda, me levanté y las contracciones empezaron a llegar…1 a 2 en 10 minutos, algo dolorosas, diferentes a las que había sentido durante todo el embarazo…caminé, comí una pera, entendí que era mi último día con la panza así que las fotos de ese instante no podían faltar, todo durante 2 hs. Intenté acostarme pero el dolor se intensificó y no pude. En ese momento Martin se despertó y se comunicó con Caro, nos dijo que tratemos de descansar y que le avisemos, fue imposible, finalmente el día tan deseado se estaba haciendo presente, Juana se abría camino…las ráfagas habían llegado para quedarse, aumentaban en frecuencia y en intensidad…quise pasarlas debajo de la ducha pero no pude, solo encontré relajación en un amoroso rincón que mi compañero preparó…y ahí estaba entre almohadas arrodillada, abrazada a la pelota, vocalizando la oooo que nunca creí fuera tan útil. A la hora Martin se volvió a comunicar con Caro y Ana para que vayan viniendo…8.30 ya estábamos todxs…dispuestxs a continuar este viaje que prometía ser intenso…y lo fue…ya 6 cm de dilatación y un cuello bien borradito…bien sabia que con ese dolor más de 5 cm tenía que tener…

Allí estábamos, en el cuarto, en un rincón, en penumbras, con suave música… hacía mucho había soñado con ese momento y como quería que transcurriera…en intimidad, respeto, siendo protagonista de mi trabajo de parto, rodeada de todo el amor…y todo fluía de esa manera…era por ahí.

Me fui desconectando gradualmente y buscando hacia adentro la fuerza, el coraje, la valentía para que Juana llegara…intenté otras posiciones, caminar ya no podía, acostada dolía más, en la pileta no llegaba a sentirme del todo cómoda…así que fui alternando acostada sobre mi lado derecho, apoyada sobre manos y piernas y en cuclillas sostenida por Martin.

Ya con 8 cm. la intensidad se incrementaba con cada contracción, después de alguna de ellas recuerdo que me dormía, había perdido noción del tiempo transcurrido y de la hora, y no me importaba, no quería saberlo, no quería controlarlo todo, sabía que eso no ayudaría… necesitaba decir no puedo o putear…y ahí estaban ellas, mis guardianas, sosteniéndome la mano y creyendo en mí…así que me entregué, me dejé llevar, confié en mi cuerpo que iba a saber parir y en mi hija que iba a saber nacer, confié en las personas que me acompañaban y que había elegido desde muy temprano para que así fuera.

En un momento tuve la necesidad imperiosa de pujar, fuimos al baño…ahí estuve un rato pujando hasta con el alma, me tacté (qué se le puede pedir a una obstetra) y comprobé que la cabecita estaba cerca, no podía hacer especificaciones técnicas del tacto, pero estábamos…así que nos dispusimos a salir del baño, me acomodé en el banquito y le dije a Caro…ya viene.

Yo sentada en el banquito de parto; Martin sentado en la pelota detrás mío sosteniéndome, apoyándome, transmitiéndome su fuerza; Caro delante mío sentada en el piso, había colocado un espejo para que pudiéramos observar la salida de Juana; Ana a un costado alentándome, dándome agua y aire…

Ya en posición pujé mucho y muy fuerte, recuerdo parte de su cabecita asomando, yo viéndola como tantas veces en tantos partos, pero ahora a través de un espejo, en mi parto.

La calma de todos los que me rodeaban ayudó a que pueda concentrar mi fuerza. Ver su cabeza que asomaba y se volvía a esconder provocaba que en el próximo pujo pusiera más intensidad, como si eso a esta altura fuera posible, aún creo que si…y ahí se quedó, no se escondió más… sentía que me abría toda, que el aro de fuego estaba próximo, le dije a Caro”ya sé, tengo que atravesarlo”, ella asintió y lo atravesamos con todo el dolor, el ardor y el amor que pude…la cabeza de mi hija ya estaba fuera como una prolongación de mi cuerpo y yo viéndolo todo, otro pujo y ya Caro la recibió en sus manos para dármela al instante y permanecer por horas en mi pecho y en mis brazos. Eran las 14:02.

No hay sensación en el mundo más intensa, salvaje y llena de amor que la de parir. Martin y yo abrazados a Juana, los tres llorando, emocionados, felices…ya no había más dolor, ya estaba inundada de ocitocina bien llamada hormona del amor…lo habíamos logrado…contra la mirada hegemónica de muchos, contra las opiniones de tantos otros a quienes no se las pedimos, contra el prejuicio, la mala información o la falta de ella, el rótulo de alto riesgo que nunca existió, yo, la mujer obstetra, estaba pariendo planificada y conscientemente en casa, de una manera segura, acompañada por las mejores personas, naciendo mi hija, renaciendo yo, culminando un camino e iniciando otro, haciendo valer mi derecho, el de mi compañero y el de mi hija. Profundamente convencida de que mi decisión debe ser respetada.

Después de todo lo vivido no puedo dejar de pensar y reforzar la importancia de que los embarazos sean planificados y deseados; de decidir quiénes nos acompañan en ese momento; que el trato profesional sea amoroso y respetuoso; de evitar la intervención innecesaria de un proceso fisiológico; de que el ambiente sea el adecuado, cálido, silencioso, oscuro; de promover el libre movimiento durante el trabajo de parto; de encontrar cada una la posición que más cómoda le resulte a la hora de parir, de no restringir la ingesta de líquidos; de tener nuestro tiempo para parir y luego nuestro tiempo con nuestrx hijx en nuestro pecho y brazos.

No necesitamos que nos digan cómo hacerlo, sabemos parir, no sigamos entregando ese poder ni dándole alas al patriarcado, porque parir también es político.